Siempre que emprendo la tarea de escribir un libro de timos, no dejo de sorprenderme de dos cosas. La primera es la capacidad de ciertos individuos para vivir a costa de los demás sin dar demasiado golpe. Por otra, la capacidad de egoísmo de muchos seres que se llaman humanos y que no tratan sino de aprovechar circunstancias favorables para beneficiarse lo que les hace fáciles presas de los que ellos creen más “tontos” y que resultan sumamente listos.

 

Mi primera experiencia con los timos la tuve hace ya muchos años, allá por los comienzos de los 70 del pasado siglo, o sea que ya ha llovido lo suyo. Estaba entonces destinado en la Comisaría del Distrito de Gracia, en Barcelona, ejerciendo como Inspector de Guardia, es decir, como el jefe de urgencias de un hospital, o sea, el encargado de admitir las denuncias de los ciudadanos que se acercan a los cuerpos de seguridad cuando han tenido un percance. Las denuncias, deben ser veraces y, sin embargo, al poco tiempo de estar en aquella oficina, un tanto siniestra y mal iluminada con máquinas de escribir antediluvianas debido a la proverbial penuria de medios de la administración, me di cuenta de que el que más y el que menos trataba de “tangarme”: Unos por ocultar cosas inconfesables; los otros para “tangar” de paso al seguro, por ejemplo, presentando una denuncia falsa.

 

Recuerdo un caso, que cuento siempre por cierto, que tuvo como protagonista a una mujer que compareció con un ataque de histeria en la Comisaría para denunciar un robo. La mujer a la que costó tranquilizar, contó una vez repuesta una historia que no tenía desperdicio: “iba por la calle, señor comisario, cuando vi que venía por la misma acera un tipo alto, joven, guapo, bien vestido que al llegar a mi altura reclamó mi ayuda. Me preguntó por una calle próxima, precisamente en la dirección que yo iba y le invité a acompañarme para indicarle la dirección a la que pretendía ir sin que tuviera demasiados problemas. Al llegar a una esquina, le dije que debía descender tres manzanas y llegaría a su destino y en ese momento el joven extrajo del bolsillo de su chaqueta un pañuelo que agitó en el aire. De ese pañuelo salieron unos polvos mágicos que hicieron que perdiera la consciencia y desde ese momento no recuerdo nada más. Solo que unas horas después desperté de esa especie de estado letárgico y me di cuenta que tenía en la mano las cartillas del banco y que de una de ellas faltaban varios cientos de miles de pesetas.”

 

Puse cara de póker y la señora debió pensar que algo fallaba y que no había conseguido colocarme aquella historia. Unas pocas preguntas inocentes y la buena mujer se derrumbó y acabó contando la verdadera historia. Era una jugadora empedernida, estaba colgada con el bingo y lógicamente, había perdido. El problema es que no sabía como contarle a su esposo su problema y se le ocurrió que, para salir del paso, una denuncia por robo la permitiría un respiro. Se equivocó en hacer la cosa tan complicada. Siempre recordaré aquella mujer que fue determinante en mi afición a lo de los timos como les decía. Siento no recordar su nombre porque lógicamente no llegué a escribir la denuncia y por lo tanto no quedó constancia en los archivos. De haber sabido sus señas, la haría llegar mis libros.

 

Y como en una Inspección de Guardia hay momentos de relax, pocos pero los hay, decidí ponerme a profundizar en los timos, sus actores, sus víctimas y sus circunstancias. Y así, poco a poco he ido reuniendo una cantidad de casos que serían por su número y calidad la envidia de mi primer maestro en estas lides, el ya desaparecido Enrique Rubio, autor de “La Timoteca Nacional”, una obra de hace más de 40 años, que en la actualidad se ha quedado corta y que yo he decidido continuar para cumplir lo que ambos nos propusimos: Advertir a los ciudadanos para que no les engañen.

Y haciendo un repaso de la historia de la humanidad se da uno cuenta de que timos ha habido siempre. Yo digo que la propia Eva –¿no estaremos ante otro timo?… ¡porque viendo a algunos por ahí se puede creer en las teorías de la evolución de las especies!- estafó a Adán metiéndole en lo del pecado original mediante engaño. Lo mismo que teorizo con aquello de que el crimen es consustancial a la especie humana porque Caín mató a Abel – insisto en lo de antes, si existieron –y eso que sólo eran dos. Y también digo cuando alguien hace alusión a las armas como elemento para causar a muerte que cualquier cosa sirve para acabar con la vida de otro. Caín, recuerden, se cargó a su hermano con una quijada de asno. O sea, ni escopeta, ni puñal.¡Para que vean!.

 

Pero volvamos a lo nuestro. Desde el punto de vista legal, el timo no es sino una manera de definir las estafas descritas en el Código Penal vigente en el apartado de los delitos contra la propiedad. Dice el artículo 248 del texto legal que cometen el delito los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndole a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno. Y las penas, una pena. De uno a seis años de cárcel en el peor de los casos, y de uno a cuatro con carácter general. O sea, que el chorizo ni pisa la “trena” y sigue a lo suyo, que para eso le sale gratis. Y mientras, el timado a sufrir y, en ocasiones, a perder la salud e incluso la vida, que de todo ha conocido no en su larga andadura por el mundo de la delincuencia y sus consecuencias.

 

Sin embargo, en el apartado de las estafas, se contempla sólo la actuación del delincuente mediante engaño, descartándose la fuerza, la violencia, el allanamiento de morada, etc., algo que en este libro comprobarán que no siempre es así ya que hay casos en los que la violencia es complemento del engaño. Y hay situaciones y delitos de los que les cuento que tal vez el Juez calificaría como robos, hurtos, apropiaciones indebidas, quiebras fraudulentas, etc., y que yo he incluido porque en el fondo los métodos utilizados no son sino una circunstancia añadida al dolo principal que es el de estafar.

A lo largo de las siguientes páginas, el lector interesado observará que los casos están colocados uno tras otro sin que tengan a veces tengan nada en común. Ello es debido a que la experiencia me ha enseñado que es más atractiva la lectura en esta forma aparentemente desordenada en la que siempre está presente el elemento sorpresa que en aquella en la que se enumeran de forma agrupada situaciones que tiene  muchos elementos en común.

 

Y observarán a lo largo del texto que hay muchas palabras entrecomilladas. Me encanta ponerlas. Unas veces como forma de remarcar el engaño o de parecer ácido. Otras, por recoger elementos del argot de los timadores que, como observarán, tiene mucho que ver con las  expresiones que usan nuestros jóvenes en un afán que obedece para mí a causas desconocidas como no fuera la de parecerse a los chorizos, aunque sea solo en sus expresiones. O porque a lo mejor se creen así más “malotes”. ¡Vaya usted a saber!. Pero que sepan que eso de “peluco”, “piba”, “birra”, “alondra”, “segurata”, “papela”, “colorao”, “madero”, etc., ( o sea, reloj, chica, cerveza, albañil, vigilante, documentos, oro y policía), por ejemplo, son muestras de lo que digo. De todas formas, al final del libro haré lo de siempre, es decir añadir una especie de pequeño diccionario con palabras que emplean los timadores. Para que ustedes estén “al loro”.

 

Espero que esta recopilación BASADA SIEMPRE EN CASOS REALES Y CONTRASTADOS, sea de su agrado y, si lo tiene a bien, recomiéndela a sus amigos y que se compren el libro para que así puedan aprender a protegerse de las estratagemas de los “timas” (timadores). Eso sí, no preste la obra porque le pasará lo de siempre: que será usted víctima del timo del libro, porque la mayoría de los que se prestan no regresan a su dueño.