OJO A LO QUE SE CUENTA POR LA RED

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Aunque mucha gente no se lo crea, eso de los teléfonos móviles y su uso ( sobre todo su mal uso) puede acarrearnos importantes sanciones de índole penal y aún en casos extremos proporcionarnos una estancia más o menos larga en la mazmorra fría. O sea, en la “trena”. Me refiero al caso de la difusión de falsas noticias “guasapeadas” por doquier y relacionadas con productos -generalmente de consumo- como la que recientemente ha atacado a determinadas cremas de venta en Mercadona y de las que se decía que contenían no sé que componentes de acreditada toxicidad e incluso suscribía la información una nada presunta doctora, -que resulta que lo es, o sea que de presunta nada-, y que no es sino otra víctima de los canallas que usaron su nombre real para dar v isos de veriosimilitud a su “noticia”.

A mí, como se me da de miedo pensar mal, no me quita nadie de la cabeza que esa “información” interesada tiene que venir de alguien que trata de hacer la puñeta a la empresa que fabrica el producto, a la que lo vende…o a las dos. Ahí lo dejo. Porque se dice que las cremas de esos supermercados son buenas y baratas y a lo mejor alguien pretende cargarse el negocio.

Pero lo de hablar de los móviles, se me ocurrió al anterarme de una noticia que llegaba desde Jaén, la tierra del “ronquío”, que para una cotilla malintencionada llamada Magdalena es más bien la tierra del “lamento” y de la lágrima abundante como a su bíblica antepasada. Porque nuestra protagonista cogió un buen dia el movil de su contrario, con el que por cierto estaba en trámite de separación  con la excusa de que el suyo estaba roto y que había de hacer una llamada y que aprovechó para cotillear los mensajes del aparato en cuestión.

Fue en ese momento cuando comprobó que había una reiterada correspondencia etérea y apasionada entre su aún esposo y una vecina por lo que comunicó a ésta su hallazgo con “animus fastidiandi”….o sea, “pa que se enterara de que lo sabía tó”. Pero no contó con que a la vecina no le iba a hacer ni pizca de gracia y con el mensaje recibido se fué al notario para que diera fe de la recepción y de ahí, al Juzgado. Y ahora la moraleja, en este caso la condena a la cotilla sin presunciones: un año de cárcel y más de 1000 euros de multa por espiar lo que no debía. Porque, para que ustedes lo sepan la correspondencia, y los mensajes lo son, es estrictamente privada, inviolable y si encima cuentas lo que sabes, peor. Y si no que se lo pregunten a Magdalena que encima de lo otro, “apaleá”.

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