El infiltrado. Entrega 1. Amanece en la Brigada

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Las primeras luces del alba sorprendieron a Salino apoyado indolentemente en el borde de la mesa de su despacho, en las dependencias de la Brigada de Policía Judicial, en el moderno edificio de la Jefatura Superior de Policía de Madrid. Hasta un par de minutos antes, había echado una cabezada, lo que él llamaba un «borreguillo», sobre sus brazos cruzados tras hacerse un hueco apartando los montones de aparentemente desordenados papeles y legajos conteniendo datos de los asuntos pendientes.

Había sido una noche dura, tras un día también duro, muy duro. Siete detenidos por homicidio frustrado, dos chorizos heridos de bala en enfrentamiento con sus hombres y Lourdes Rosón, «la novata» con un tiro en un brazo habían sido demasiado para un solo día. Luego, lo peor, las explicaciones a Pinarejos, el Jefe Superior y la bronca de los políticos, «porque a la hora de pedir resultados, bronca para ponerte las banderillas de fuego, pero si pasa algo que no les gusta, otra bronca. Una puta mierda» -pensó Salino sin darse cuenta de que estaba hablando en voz alta en la soledad de su despacho.

Sobre una silla, al lado del ajado sillón, vio el cuaderno de notas, uno al que le quedaba poca vida. Eso le había dicho Bonmatí antes de abandonar el despacho para ir a su nuevo destino. Esperanzo, pensó en ese momento, mientras miraba el horizonte que comenzaba a clarear sobre los tejados de la ciudad. Entonces, cogió la libreta y acarició sus viejas y deslucidas tapas recordando aquel instante en que había decidido no acabar de llenarlo hasta el fi nal para llevar la contraria al «listo» de Héctor Bonmatí. Luego, lo depositó de nuevo en su insólito sitio: encima de la no menos desvencijada silla.

-Te quedan sólo tres o cuatro hojas, Salino. Dentro de nada tienes que estrenar otro y, que sepas, que a mí me encantaría regalarte el nuevo. Para que te acuerdes de mí, había dicho.

-No, si de ti me voy a acordar siempre. Creo que eres uno de los mejores policías que he conocido y tienes además algo especial: te encanta aprender. Generalmente, los «galgos» que me han enviado otras veces, recién salidos de la academia, eran tozudos como una mula y casi querían contagiarme de sus estupideces. Tú, al menos, y aunque sea de boquilla, me has hecho caso…

-No digas bobadas, Salino. Tú eres un maestro y lo menos que se puede hacer es reconocerlo. Lo que siento es que había pedido el traslado antes de conocerte y ahora me tengo que largar…

-Lo entiendo, Héctor. Lo que no me ha quedado claro es porqué ese interés en meterte en la boca del lobo y de tenerlo tan claro incluso antes de acabar la formación en la Escuela de Ávila…

-Es fácil. Te lo voy a contar si me prometes que no va a salir de ti y que no vas a mover ni uno solo de tus contactos para que anulen mi traslado…

Salino se dio cuenta inmediatamente que la voz de Héctor se quebraba y hacía esfuerzos para que no brotaran de sus ojos vidriosos unas rebeldes lágrimas. Se recostó en el sillón mirando de frente a su subordinado, cruzó las manos apoyando en ellas la barbilla y se dispuso a escuchar lo que sin duda debía ser una confidencia.

-Ya sabes, Esperanzo -porque te lo había contado- que tenía novia, una relación que se había acabado. Lo que me callé es que se acabó la relación porque ella tuvo un problema, un grave problema. Me pidió ayuda para salir del asunto, pero no conseguí mi propósito. Estaba enganchada, Salino. Enganchada hasta las trancas por culpa de un macarra al que conoció en Zaragoza, donde ella estaba estudiando la carrera de Veterinaria. El tipo la sedujo y consiguió que se metiera en el pozo de la droga hasta que la puso a trabajar en un piso de esos de «alto standing» para conseguir dinero con el que seguir financiando su consumo. Yo la conocí en Soria, en casa de unos tíos suyos, vecinos y amigos de mis padres y me enamoré como un colegial. Solo veía por los ojos de ella, mi vida era ella y solo encontraba sentido a mi existencia cuando estaba con ella. No veía más allá de mis narices y, tal vez por eso, al principio no noté nada raro. Pero al poco tiempo descubrí su secreto. Ella quiso romper de inmediato y yo me rebelé. Quise ayudarla e incluso fui a Zaragoza a enfrentarme con el macarra que seguía reclamándole dinero, pero no sirvió de nada porque estaba demasiado enganchada y no quería ayuda médica. Al fi nal, pudo más la droga que mi cariño y se quedó con sus «amigos».

-¿Pero de verdad que no pudiste hacer nada más?… ¿conocían sus padres lo que estaba sucediendo?.

-Nada, Salino. Nada de nada. Lo intenté todo, incluso llegué a hablar con uno de los miembros de la Fundación de Ayuda Contra la Drogadicción, un militar retirado amigo de mi padre, pero fue en vano. Nos proporcionó una cita con un psicólogo especialista en estas cuestiones y no llegó a entrar a la consulta. Salió huyendo desde la escalera y no volví a verla, a pesar de que lo intenté de todas maneras. Y lo peor es que estaba desesperada porque era plenamente consciente de lo que le estaba pasando y no estaba dispuesta a seguir en el tema. Un día que había estado con dos clientes decidió poner fin a su vida y se inyectó una sobredosis. La encontraron tirada en el suelo, semidesnuda y con la jeringuilla clavada en el brazo. La bajaron del piso para quitarse el muerto de encima -y nunca mejor dicho- y la abandonaron en un callejón oscuro, como no se abandona ni a un perro…

-¿Pero estás seguro de que realmente se suicidó?… Si estaba tan desesperada y deseaba salir del tema, quizá, los otros se sintieron amenazados y la quitaron de en medio…

-No. Estamos seguros. Me refiero a los padres y a mí, porque ella lo anunció dos veces los días precedentes por medio de llamadas. Pero lo jodido es que ninguno pudimos hacer nada. Y fue ese día cuando decidí que iba a dedicar mi vida a perseguir a esos hijos de puta y no pararé hasta acabar con ellos…

Héctor se restregó los ojos tratando de ocultar las lágrimas. Carraspeó y respiró hondo para intentar recuperar su aplomo. Esperanzo intervino para aliviar el momento.

-Ojo, chaval… la venganza es algo que se tiene que digerir despacio. Y otros, dicen que es un plato que se toma frío, así que toma nota. Por otra parte, no es conveniente que mezcles con la profesión los asuntos personales, eso es una máxima que hay que observar en el Cuerpo, porque de lo contrario estás listo. Un calentón, un guantazo mal dado o un tiro que se escapa y te meten un expediente los de Asuntos Internos y
a la puta calle en el mejor de los casos. Porque puede ser que acabaras en la puta calle y además en el maco, en la puta cárcel. Y todo, para nada o para casi nada. Si quieres, llamamos a los colegas de Zaragoza…

-Gracias por el consejo, jefe, pero no es necesario, al menos en mi caso. Al macarra que podría haber querido cazar para vengarme, le picaron el billete hace unos meses. Se me adelantaron sus propios «troncos» porque al parecer se quedó con la pasta de uno de los envíos y ya sabes que en ese mundo, eso es algo que se paga con la vida. Lo que me interesa ahora, es hacer el mayor daño posible a las bandas que trafican con la vida de los demás. Por eso me apunté voluntario para hacer de infiltrado con los compañeros de estupefacientes.

-Vale, de acuerdo… pero quiero que sepas que te voy a echar de menos. Podría hablar con el Comisario General y conseguir que te quedaras, pero sé que no es eso lo que quieres. Además, tendrías que cortarte ese pelito de macarrita yeyé que te estás dejando…Y no lo digo por nada, pero es que recuerdo que a mí, uno de aquellos Comisarios viejos me pasaba revista de pelo con la ayuda de un lápiz que hacía ascender desde el cuello hacia arriba. Si el pelo remontaba el lápiz, al barbero. ¡Ah…y de uñas también nos pasaba revista…!

-¡Que viejo eres, Salino! -dijo esbozando una sonrisa. Pero volviendo al tema… No quiero que llames a nadie, porque es una decisión irrevocable. Te agradezco que te preocupes, pero no… Lo que sí te prometo, es volver en cuanto consiga ayudar a poner entre rejas a los que me privaron del placer de vengar a esa pobre mujer, casi una niña. Y espero que sea pronto. Por cierto, antiguo… ¿que es eso de yeyé?…

No esperó la respuesta de Salino y salió dando un portazo antes de que la despedida fuera más traumática para ambos. Eran como el perro y el gato, pero no podían vivir lejos uno del otro.

-¡Te juro que volveré, Salino! -dijo gritando desde el pasillo- ¡Volveré, por mis muertos! ¡No te podrás librar de mí fácilmente!

Esperanzo, recordaba nítidamente las voces de aquél colega joven al que ya consideraba su amigo, o el hijo que nunca tuvo -aunque una de sus dos hijas estaba estudiando en una academia para hacer las oposiciones de ingreso en el Cuerpo.

Hacía ya casi seis meses de su marcha y recordaba esas palabras como el primer día. En esos meses, tan solo había recibido una llamada de Héctor, aunque sabía algunas cosas más de él a través de Paco Cervantes, un buen amigo y antiguo compañero de la Brigada de Barcelona, una auténtica pista de rodaje y de especialización por la que habían pasado un buen número de los mejores policías que ahora estaban
desperdigados por otros destinos en España. Y lo poco que sabía le tenía profundamente preocupado porque estaba metido en un auténtico avispero en el que el menor fallo podría costarle la vida.

******

El agudo timbre de teléfono sacó a Salino de su estado semi-letárgico para devolverle a la realidad. Era Lourdes Rosón.

-¡Hola, Jefe!…Te has quedado mudo, no sé si por la sorpresa, porque te acabo de despertar o porque creías que estaba medio muerta. Pero no es así, ya sabes el refrán…

-Sí, listilla, debe ser ese de que «bicho malo, nunca muere» ¿no? Y quiero que sepas que ni estaba dormido ni me he asustado por si eras una zombi de esas. Porque creo que las zombis no llaman por teléfono, así que me alegro de que me llames porque eso es que estás bien. Además, solo era un tiro en un «ala» y no es para tanto… ¿o si?

-Pues efectivamente me encuentro mejor y pronto estaré de nuevo en el tajo porque no me ha tocado el hueso y es una herida limpia. Pero no te llamo por eso…es que se me olvidó decirte ayer que te había llamado un tipo que disimulaba la voz y que dijo que era Néstor Almonte o algo así…

-¡No me jodas!… ¿dejó algún mensaje?… ¿algún teléfono o algo?…

-No dijo nada, solo que te llamaría otro día. Perdona que me meta pero… ¿quién es ese tipo?… no sé, pero me parece que algo en su voz me resultaba conocido, aunque la impostaba y se hacía el ronco.

-No puede ser que lo conozcas, es un confi mío que está en Levante, ha nacido allí y nunca ha venido aquí, al foro. Así que déjalo. Ya me llamará si quiere. Y tú, mejora pronto que cada día pasan más cosas y estamos en cuadro. ¡Ah!… y a ver que es lo que ponéis en la minuta en la que me informáis del servicio y en la comparecencia de las diligencias, no vaya a ser que encima de cornudos, apaleados…o tiroteados, si lo prefieres. Tenéis que dejar meridianamente claro como ocurrió todo el tema.

-Tranqui, jefe. La cosa está más clara que el caldo de un asilo. Ellos dispararon primero, me dieron a mí y podían haber dado a cualquiera que pasara por allí. Tenemos al menos diez testigos dispuestos a declarar como sucedió todo, así que… tranquilo, hombre.

Salino se quedó pensativo. Tranquilo por lo del tiroteo, pero jodidamente intranquilo por la llamada misteriosa del tal Almonte cuya identidad verdadera solo conocían unas pocas personas. Las imprescindibles y ni una más. Consultó el reloj de pulsera y luego el de pared. Ambos daban la misma hora: las ocho de la mañana. Era demasiado pronto para llamar a Paco Cervantes por si hubiera algún problema con Héctor, pero luego pensó que lo mejor sería no levantar la liebre y esperar sus noticias. Y aunque no era demasiado creyente, miró hacia arriba en actitud de súplica.

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